Relato erótico: El mando secreto

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Pagué mi entrada y bajé las escaleras del club sin prisa, había llegado demasiado pronto. Mientras descendía, el bombo de la música crecía en mis pulmones. Me paré delante de la pista de baile, estaba vacía. Aún así, la música sonaba alta, muy alta.

Me acodé en la barra y busqué a la camarera para pedirle una copa con la que armarme de paciencia hasta que llegaran mis amigos. Me imaginé a mi mismo sosteniendo un vaso de cristal fresco, moviendo los hielos, siguiendo con la cabeza el ritmo de lo que estaba sonando, durante una hora u hora y media quizá si los demás llegaban tarde. Solo con imaginarme a mí mismo me aburría.

¿Dónde estaba la camarera? Ni siquiera ella había llegado aún. Sentí que me envolvía un olor a friegasuelos y decidí irme a un bar y volver más tarde. Estaba a punto de hacerlo cuando me tocaron la espalda y me giré bruscamente. Esa camarera había salido de la nada, quizás de debajo de la barra.

¿Qué te pongo?, me pregunta. Voy a decirle que nada y le contesto que un vodka tonic. ¿Un vodka con tónica?, me grita ella. Me quedo callado. Se ríe de mí. Se gira y vuelve con botellas que comienza a mezclar en mi vaso. En el que será mi vaso. ¿Te aburres?, me dice más cerca del oído, sin gritar tanto. Le contesto que mucho y le pregunto lo mismo moviendo mi cabeza, alzando la barbilla. No, yo no, me sonríe. Le pongo un billete de 20 junto al vaso y ella lo coge y se lo lleva a la caja. Vuelve con las vueltas y algo más. Toma, me dice. Junto a las monedas hay algo que parece el mando a distancia del aire acondicionado pero de color morado. Eso no es mío, le digo, un poco borde. Ya, pero te lo presto. Y sonríe de nuevo. Para que no te aburras tanto, me dice. Cojo el dinero y el mando y me siento en un sofá a unos cuatro metros de la barra, bebiendo tragos y estudiando el aparato.
La camarera sale de su sitio y la observo traspasar una puerta que debe ser un almacén y salir de allí con un cajón de plástico lleno de botellas. Lleva el uniforme de las camareras de este sitio: falda corta, blusa blanca y pajarita negra. Veo cómo rellena la cámara con las bebidas. Sostengo el pequeño mando en una mano y palpo con el dedo sus dos botones. Nada indica qué hace cada uno, solo hay un “on” un “off” y un “mode”. Empiezo por el on y se enciende un pilotito rojo que, en la oscuridad del club, llama la atención sobre mí.

La chica se detiene de golpe y me mira. La miro. No sé si sonríe o está seria. No tengo ni idea de para qué sirve este mando. Miro los televisores, que muestran sin sonido videos musicales antiguos y la imagen no cambia aunque pulso “mode” un par de veces. Algo debe accionar porque cada vez que los presiono la camarera deja lo que está haciendo y me mira.

Ha puesto las manos sobre la barra y tiene los brazos tiesos. No sé qué está haciendo, pero me mira. Le doy al botón de “off” y me mira con decepción, mueve la cabeza negando muy lentamente. Enciendo otra vez. Puedo ver que abre la boca, pero sigue inmóvil. No, no está quieta, me he dado cuenta de que se balancea. Detrás de ella, la pared es un espejo y veo su espalda, su camisa ajustada y el cuerpo tenso. Me veo a mí reflejado, a un lado, en la oscuridad.

Sigo aburrido y no puedo más que observar cómo hace su trabajo. Sirve varias copas a los clientes que van llegando y se pone una para ella. La canción que suena es genial pero ella es la única que baila, en el reducido espacio interior de la barra. Pulso otra vez “mode” y me parece que lo que manejo es al dj porque el ritmo es más fuerte o es que ella baila más desenfrenada, ajena a todos y a mí.

Se apoya contra las botellas que hay a su espalda, como si se mareara, y puedo distinguir sus mejillas rojas bajo el foco blanco que la ilumina. Se apoya, se agarra y se da la vuelta. Me da la espalda, pero aún veo su cara y su reflejo. Veo cómo cierra los ojos y abre la boca. La música está tan alta que no sé si está cantando o… no sé qué está haciendo. Le doy otra vez al botón intentando averiguar si es que estoy controlando las luces, la temperatura o algún juguete fuera del alcance de mi vista.

Me he cansado. Me levanto y voy hacia la camarera, con mi copa ya vacía, que le devuelvo junto al mando, aún con el piloto rojo encendido. No funciona, le digo, no hace nada. La chica me sonríe, coge el vaso y lo deja en el fregadero, agarra el mando y lo deja cerca, junto a la caja registradora.

¿Quieres tener un secreto como el de la camarera? Te confesamos qué es: el huevo vibrador con mando a distancia de Adrien Lastic.

Fotografía superior de Nathalie Daoust.

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