Relato erótico: Preguntando se llega lejos

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En cuanto se fue, me calmé y subí al 5º C, donde vive mi amiga Marta, para decírselo. Estaba tan excitada por contárselo que… bueno, en realidad estaba tan excitada, y punto. Lo que quería decir es que salí de casa sin quitarme las bolas y cuando subí corriendo las escaleras de los dos pisos que me separan de Marta las sentí tintineando en mi interior, como una llamada salvaje. Me recordaron a los cascabeles que vi en las muñecas y los tobillos de una cantante. Con su baile, toda ella era música.

Marta me abrió la puerta, me abrazó y nos tiramos en sus sofás, donde a veces escenificábamos Las mil y una noches contándonos historias lujuriosas. Desde que estoy en el paro, Marta lo sabe, me he impuesto una rutina de ejercicios: primero estiramientos, luego abdominales, después los Kegel con mis bolas chinas y a partir de ahí y ya sin quitármelas limpio la casa, plancho, hago la comida… tareas del hogar. Siguiendo el consejo de una sexóloga y de mi ginecóloga llevo un mes haciendo ejercicios para fortalecer el suelo pélvico porque desde que cumplí los 45, en fin, qué os voy a contar amigas cuarentonas que no sepáis ya.

Con dos bolitas guardadas en mi rincón secreto limpiaba el polvo del salón hasta que me interrumpió el timbre de la puerta. Era una encuestadora del Instituto Nacional de Estadística. ¿Podría responder a sus preguntas? Cómo decir que no: en paro, precaria, mujer, sola, sin hijos, lesbiana. Sería mejor que eso quedara reflejado en alguna estadística.

Nos quedamos paradas en el quicio de la puerta y allí mismo empezó con su encuesta. Cogía el bolígrafo de una forma graciosa, como si tuviera que enroscar todo el brazo alrededor de él. Ese detalle absurdo bastó para excitar mi imaginación, ya a flor de piel debido a mis ejercicios. “Y le propusiste entrar y te la tiraste” me interrumpió Marta. Le miré con mi mueca de fastidio. Sí, le propuse entrar y sentarnos en el sofá. Aceptó y le cedí el paso. Mientras recorríamos el largo pasillo que separa la puerta del salón, ella delante de mí, no pude evitar dejarme llevar por un culo ceñido en unos pantalones muy ajustados y por el movimiento de las bolas chinas en mi interior. Imaginé que le hacía todo tipo de guarradas. Que le bajaba los pantalones ahí mismo, antes de llegar al salón. Que la acorralaba y le chupaba las braguitas, hasta que no podía estar más mojada. Que desenroscaba sus dedos de ese boli Bic suyo y me usaba a mí de igual manera, como si pudiera escribir conmigo… cosas así. “Y por supuesto, se las hiciste todas”, Marta no podía esperar que yo terminara de contar una historia. Pero llegamos al salón sin que yo me arrimase a la encuestadora. Nos sentamos y en menos de diez minutos ya había contestado a todas sus preguntas y se levantó para irse. “¿Y es ahí cuando la detuviste?”, me preguntó, con la cara roja, esperanzada. No Marta, la acompañé a la puerta y la dejé marchar. “¿Qué?”, no podía ocultar su desilusión. Me levanté del sillón como un resorte. “¿Te vas?”. ¿Que si me voy?, le dije, dando tres pasos hacia ella, que me miraba desde su asiento sin entender nada. ¿A qué crees que he subido? Ahora es cuando tú y yo vamos a follar, le dije, tirándome encima de ella.

La acorralé, le bajé los pantalones, le lamí las bragas mientras gemía hasta que no podían estar más mojadas de sus fluidos y mi saliva. Marta se enroscó en mi cuerpo y la masturbé con mis dedos hasta que se corrió con un verdadero escándalo de aullidos. ¿Y ahora qué, no tienes más preguntas para mí?, le dije después. “¿Quieres que te saque tus bolitas, querida vecina?”. Me abrí de piernas y le dejé hacer.

Las Luna Beads de la amante de Marta son puro magnetismo lunar.

Foto superior: A. J. Venter (CC BY-SA)

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