Relato erótico: ¿Quién vigila al vigilante?

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Cuando dijo que hay clásicos que nunca pasan de moda y, ¡blam!, se encerró en su cuarto, pensé que mi compañera de piso pasaría el verano en su habitación leyendo a Jane Austen.

La vi muy dispuesta a encerrarse en vida durante todas sus vacaciones y, la verdad, me resultaba sospechoso. No es que conociera mucho a mi nueva roommate, quizás era del tipo de las que disfrutan durante horas leyendo y no paran hasta que no se terminan el libro o que incluso fuera capaz de verse una temporada completa de una serie sin levantarse del asiento. La capacidad de perseverancia en los demás me resulta fascinante.

Había traído algo a casa. Una caja en una bolsa. Intenté echar un ojo pero lo escondió para que no lo viera. Era algo que podría ser un voluminoso tomo de “Orgullo y prejuicio”. Iba a preguntarle qué era eso cuando ¡blam! Ahí me dejó, con la palabra en la boca en mitad del salón.

Esto de poner la oreja contra la pared de su cuarto no está bien, lo sé. Pero no puedo evitarlo. Oigo ruidos ahí dentro. ¿Está con alguien? ¡No he visto pasar a nadie!

Lleva ahí encerrada tres horas. No ha salido para comer ni para ir a la cocina ni al baño… ¡nada! No puedo soportarlo. Tengo que saber qué está haciendo. Casi llamo a la puerta cuando la he escuchado ahogar un grito contra, probablemente, la almohada.

Al fin sale, va al baño, cierra la puerta. ¿Qué hago yo? Salgo corriendo a investigar su habitación: cama deshecha, sábanas revueltas, calor, olor a cerrado, la ropa tirada en el suelo. No veo libros abiertos, ni la tablet encendida. Nada de nada. Entonces me fijo en eso, aquello que mi anterior compañero de piso y yo jamás nos animamos a reparar.

Cuando alquilamos este piso descubrimos que alguien había hecho, seguramente a propósito, un pequeño agujero de apenas un centímetro traspasando el tabique que divide las dos habitaciones. No lo arreglamos pero cuando mi amigo se fue y puse un anuncio para alquilar la habitación libre, me acordé y lo tapé chapuceramente con papel higiénico.

Corrí a mi habitación, moví la estantería de cedés que tapaba mi lado del agujero. Volví corriendo a la suya, metí un lapiz por su lado del hueco y empujé el papel obturado hasta que liberé la mirilla. Me pareció que ella estaba a punto de salir del baño y volví precipitadamente a mi habitación y le hice ¡blam! con mi puerta, prácticamente en su cara.

Nervioso, me senté en una silla y apuntalé mi ojo contra el agujero. Podía ver perfectamente su cama. Se quitó la camiseta y las braguitas rápidamente, quizá demasiado rápidamente, y se tiró en la cama de espaldas, suspirando.

Esto que estoy haciendo está muy mal. Lo sé. No es lo que esperas de un compañero de piso… decente. Si me descubre, estoy muerto. A pagar yo solo el alquiler de este mes, seguro. Por otro lado… me gusta mucho mirarla, acabo de darme cuenta.

¿¿Qué es eso, por el amor de cristo?? Un… ¿¿conejo?? ¿De dónde ha salido y porqué no lo he visto antes? A ver, no un conejo blanco, suavecito y tal. No un conejo VIVO, quiero decir. ¡Es un conejo de goma! Es un, es un… ¡es un vibrador con forma de conejo!

Mi dulce compañera sonríe, se ríe, introduce la punta que parece un pene de mentira de color rojo chillón y ¡se encienden unas luces! Es como el jodido parque de atracciones en la cama de esta chica sexy y, sin duda, bien lubricada.

Comienza a gemir cuando las orejas del conejito se hunden en su vulva. Gime, gime y gime cada vez más alto. Pasan minutos, minutos, minutos. Qué chavala extraordinariamente contenta. Me miro mis pantalones, estoy empalmado pero mi erección me parece triste. Jamás seré tan feliz como ella. Jamás de los jamases.

Creo que se va a correr. Quizá yo también. Me masturbo a la vez que a ella se lo come su afortunado conejo colorado. Ahí está, su cuerpo se arquea, creo que podría pasar por debajo, como un arco, y ella no se daría cuenta. Seguro que está teniendo un orgasmo animal. Quizás el quinto del día.

Pongo de nuevo el papel higiénico en el agujero pero me aseguro de dejar la mitad fuera para poder volver a sacarlo. A partir de hoy, solo hay dos cosas que puedo hacer durante este verano: vivir pegado a este agujerillo o llamar a su puerta de una vez y decirle que en este piso no se permiten los animales de compañía.

Si necesitas un animal de compañía, Conejo rotador clásico de Samantha en Sexo en Nueva York o muchos otros conejitos rampantes.

Foto superior: Luca Rossato (CC BY-SA-NC-ND)

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