Relato erótico: Rompiendo las olas

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Nunca he sido de romper la ley y siempre me he considerado buena chica pero una sutil desviación de mi formalidad me llevó el verano pasado a colarme en las parcelas de los chalets en los que trabajaba de vigilante.

Lo hacía de noche y solo en aquellos que sabía que estaban vacíos entre semana y no tenían alarma ni perros. No entraba en las casas, lo único que hacía era quitarme el uniforme y bañarme en la piscina, al raso de noches negras poco iluminadas.

Desnuda y un poco delincuente, me sentía sexy y excitada. El día que empecé a masturbarme en el agua ya no pude parar. No me conformaba con el baño, generalmente frío, que me dejaba con la piel tiritando y los pezones erectos rozándose con la camisa azul reglamentaria. Quería más, buscaba correrme en cada piscina.

Pero si usaba mis dedos no podía mantenerme a flote. Un día se me ocurrió meter en la mochila el masajeador de parejas llamado Tiani 3 que había usado con mi último novio. Así tendría las manos libres y, si alguien me pillaba in fraganti, al menos solo pensaría que me estaba dando un baño furtivo. Apuesto a que desde fuera del agua el rosa fucsia del masajeador parecería el triángulo de un bikini.

Dejé el mando al borde de la piscina situada en la parte trasera de una casita que parecía la cabaña de un bosque. Desnuda, a las cuatro de la madrugada de una noche sin luna, me sumergí en al agua clorada, abrí un poco las piernas, introduje el vibrador y activé el botón del mando a distancia. Cómo no se me había ocurrido esto antes. Jamás había sentido de manera tan literal la metáfora oleadas de placer. Sentía que la vibración interior y exterior sacudía mi cuerpo y transmitía ese movimiento al agua y la piscina entera se arrebataba en plena marejada.

Paré de mover los pies e hice por no flotar, intentando caer hasta tocar el fondo, aguantando la respiración. Sentía el orgasmo aproximarse y quería abrir la boca y gemir pero no podía hacerlo. Cuando me estaba quedando sin aire tomé impulso para regresar a la superficie y en ese momento casi muero del susto. Lo primero que vi fue, al borde de la piscina, unos zapatillas y luego unos tobillos y según miraba hacia arriba unas bermudas y ya una figura de hombre al completo que con los brazos en jarras estaba a punto de echarme una bronca monumental.

No podía verle la cara por la oscuridad pero debía tener entre 40 y 50 años, y un buen tipo. Empezó a decirme de todo, que qué hacía ahí, que cómo me atrevía y que se iba a ocupar de que me despidieran. Me dijo que saliera del agua y obedecí. Estoy desnuda, le dije. ¡Ya lo sé!, me gritó. Estaba de verdad enfadado. Cogió el mando del suelo y se dio la vuelta para no verme. Le daba vueltas al aparato también de color fucsia para aplacar su ira mientras yo alcanzaba la escalerilla para salir de ahí. Pero cada vez que giraba el mando, cuyo uso seguro desconocía, activaba diferentes movimientos dentro de mí.

Me detuve un segundo antes de dirigirme a mi montón de ropa, sintiendo las sacudidas de mi interior y pensé lo enferma que debía estar para, a pesar del susto y la bronca, seguir caliente. O peor, aún más cachonda que antes. Quería que ese hombre siguiera jugando conmigo.

¿Te estás vistiendo? Me preguntó. Sí, mentí. Estaba parada, chorreando, con una mano agarrando el metal de la escalerilla y la otra cubriendo mi vulva. No quería irme de allí sin correrme.

¿Por qué tardas tanto?, me preguntó agitando las manos y el mando con ellas. Ya voy, ya voy, le contesto, aún sin moverme. Estaba a pocos segundos. Estaba ya, ya. Y me vino un orgasmo y no pude ahogar el grito. El hombre se dio la vuelta de golpe y me vio con una rodilla en el suelo, sofocada. ¿¿Pero aún así??, me gritó, ¡vete de mi casa, ya! Dio dos pasos, tiró el mando sobre mi ropa y se alejó en dirección a la casita de madera. Desde el porche vigiló mis rápidos gestos para meterme dentro del uniforme y saltar la valla de arizónicas.

Acabé mi ronda y al día siguiente nadie me llamó para despedirme.

Tiani 3 by Lelo es el vibrador ideal para jugar en pareja.

Foto superior de Konstantin Alexandroff.

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