Relato erótico: Un kalashnikov entre las piernas

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No sé porqué se me dio por alquilar un dúplex. Al principio parecía una buena idea. Al tercer mes de mudarme ya me había caído cuatro veces por la escalera que conecta el salón con mi dormitorio.

Quitando eso, estoy orgullosa de mi casa. He pintado las paredes de rojo y solo he comprado muebles de color negro. Me gusta esa combinación. Algunos de los hombres que he invitado a mi cama me han preguntado si soy revolucionaria, por lo del rojo y negro, y eso es algo que me hace sentir poderosa.

En realidad no lo soy. O no lo era. Revolucionaria, digo. Ni tampoco poderosa. Era más bien una chica convencional que prefería subir las escaleras del dúplex antes de quitarse la ropa. Era. Ahora es diferente, hoy me siento instruida en un tipo de sexo armado y me he pasado a las guerrillas. Me gusta mi escalera.

Esta era mi situación: acababa de recuperar mi soltería, estrenaba piso, remodelaba mi vida y me traía a casa a todos los hombres que me gustaban. Estaba disponible y se notaba que iba por la vida reclutando. Mi vecino de al lado ya me había visto con cuatro tipos diferentes abriendo la puerta de casa. La primera vez no dijo nada pero a partir del segundo encuentro empezó a sonreírse cuando nos veía intentar acertar con la cerradura con evidentes signos de ansiedad sexual.

Después de encontrarnos por tercera vez comencé a gritar mientras follaba, con la intención de darle rabia o molestarle. Una noche volví de vacío a casa y me di de bruces con el vecino en el portal, que llegaba a la vez que yo, también solo. Subimos las escaleras en silencio después de una torpe cesión mutua del paso. Abrimos nuestras puertas y cerré la mía con un moderado portazo.

Me quité el abrigo y los zapatos y los dejé tirados en el salón. Subí las escaleras rápidamente y abrí el cajón donde guardo mis juguetes, mis armas. Indecisa, cogí el nuevo, consciente de que no era el más apropiado pero curiosa por estrenarlo. Saqué el We Vibe de la caja, pensando que hoy habría que rebautizarlo I Vibe. Me tiré en la cama y me subí la falda. Inserté el vibrador con celeridad y ansiedad. Con su forma de U, una parte dentro y otra fuera, lo accioné con el mando a distancia y a los dos minutos ya estaba como loca retorciéndome sobre la cama.

Sonó el timbre, maldita sea, justo cuando estaba viendo llegar un orgasmo volcánico. Pensé en no abrir pero una idea se me cruzó por la cabeza. Me bajé la falda y descendí las escaleras sin quitarme el We Vibe, dejándolo a muy baja intensidad.

Abro la puerta. Es el vecino. Obviamente. Hola, le digo. Hola, me dice. Nos quedamos en silencio y oigo perfectamente el ligero zumbido del vibrador mientras sujeto la puerta con una mano y escondo el mando a distancia con la otra.

¿Qué tal? Bien. ¿Puedo pasar? Pasa, pasa.

Bzzzzzz. Camino de manera extraña, lo sé. El vecino me mira como si intentara leerme la mente, arrugando el entrecejo. Se fija en las cosas que he dejado tiradas en el suelo. ¿Hacías algo?, me dice. No, no. Vale, contesta. Y se empieza a acercar. Yo estoy junto a la escalera y empiezo a retroceder. Avanza hacia mí y yo voy para atrás hasta que me doy con la maldita escalera en los tobillos. Está tan cerca que el zumbido debe estar entrándole por las orejas pero yo estoy jadeando tan alto que lo mismo ni lo oye. Me coge por las caderas y me levanta la falda. Me descubre sin bragas y con una extraña y gran pinza rosa enganchada a mi coño. Se echa a reír. Ya no dice nada más. Me gira con firmeza y me obliga a arrodillarme sobre el segundo peldaño. Apoyo mis manos en el cuarto. Me sube la falda. Miro hacia atrás, de reojo, y veo que se ha puesto de rodillas sobre el primer peldaño y sus piernas están entre las mías. Abre su cremallera y se baja el pantalón, sólo un poco. Se pega a mi espalda, me coge los muslos y me tantea con su verga mientras el vibrador sigue ahí, hablando por nosotros.

Me penetra la vagina y pasa algo increíble, me presiona por dentro de tal manera que grito de placer. Tengo que apoyarme bien en la escalera para no perder el equilibrio, voy a dejar el mando a un lado cuando, antes de hacerlo, le doy a un botón y la sensación cambia y el aparato parece que bailara el cha-cha-chá dentro de mí, alternando la vibración interior con la del clítoris. Tengo un kalashnikov entre las piernas. Y mi vecino embistiéndome. Y yo llorando de gozo en la escalera que tanto odiaba y a la que ahora me aferraba sintiendo que iba a sucumbir, al borde del desmayo. Él arremetía una vez y otra y otra y ya no pude sostener más mi cuerpo, los brazos se quebraron a la vez que un rayo me fundía por dentro.

Lejana, desvanecida, atiné a quitarme el vibrador y mi vecino empujó una, dos veces más, se apretó fuerte y le sentí temblar.

Si quieres vibrar en pareja, We Vibe 4 es el arma definitiva.

Foto superior de Nathalie Doust.

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