Relato erótico: Código 69

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Relato erótico Código 69

 

– “Recuperar esos documentos es imprescindible. Nos jugamos mucho, Señorita Hernández”-.

La cara del director de operaciones comerciales se ensombrecía con cada palabra que salía de sus labios.

– “No se preocupe, director. Lo encontraremos y recuperaremos los documentos.”-dije yo, totalmente convencida de ello.

Pasé toda la noche en la oficina, ordenando a mi equipo que removiese cielo y tierra para encontrarlos. “Si esos documentos caen en manos equivocadas, es el fin”- me repetía una y otra vez. La vida privada a veces se confunde con la pública cuando eres una persona conocida o con un cierto status. Y es curioso cómo tu vida entera podía quedar comprometida por unos cuantos gigabytes.

“Lo encontramos, jefa”- anunció mi ayudante, abriendo la puerta de forma estrepitosa.

-«¿Y bien?”- le contesté, esperando más detalles.

– “Lo localizamos en un hotel de las Ramblas en Barcelona”- me contestó, exhausto.

– “Perfecto, iniciemos el operativo y puedes irte a casa. Buen trabajo. Descansa.”- le dije, mientras me preparaba para tomar un avión esa misma noche.

El cielo de Barcelona siempre me ha gustado. No sabría decir por qué, pero el caso es que mirarlo me atrapaba totalmente, más aún si a mis pies tenía el siempre bohemio y pintoresco barrio de las Ramblas.

Me alojé en el hotel “Bellington”, donde se suponía iba a encontrar al supuesto ladrón de los documentos de mi cliente. Era temporada baja, así que fácilmente conseguí una habitación contigua a la del sospechoso que aparecía en los informes facilitados por mi equipo. Volví a revisarlos por enésima vez y volví a pensar lo mismo que vino a mi mente las anteriores veces: “No estaba nada mal.”
Su aspecto me dio la clave para dar con la estrategia perfecta para acceder a los documentos. Sí, sí, es justo lo que estás pensando, la seducción.
Oí que la puerta de su habitación se cerraba e intuí, por la hora, que se había dirigido directo al comedor. Me di una ducha, con toda la tranquilidad del mundo. Yo sólo quería llegar a la hora del postre.
No llegué exactamente puntual pero me dio tiempo de pillarle en el bar con una copa. Me senté a su lado, emanando mi Chanel y con uno de mis vestidos de tubo con escote prominente. Pedí un Martini seco y al oír mi voz, de reojo, vi cómo su mirada se detenía a observarme.

-“Clásica elección”

– “¿Cómo dice?”

– “No soy tan mayor para que me hable de usted”-dijo, clavando sus ojos verde esmeralda en los míos.

No negaré que me descolocaron por un momento, pero guardé la compostura y seguí con el plan trazado.

– “Quizá ayudaría conocer su nombre”-musité-.

Sonrió pícaramente, como agradeciendo la respuesta y finalmente contestó.

– “Diego, ¿y tú, bella inteligente?”

– “Lo dejaremos en bella… a secas” -mentí, de forma descarada.

Él sonrió y, sin decir nada, echó el último trago a su whisky. Yo hice lo propio con mi Martini. Y antes de que él se adelantase, pedí otra ronda para los dos. La conversación se animó y comenzó a caldearse con la tercera copa. Por supuesto, yo no acababa del todo las mías para no perder el control de la situación por completo. Mi objetivo era acabar en su habitación pero para dar a parar con los documentos, no con él, al día siguiente en su cama.
Tal y como había planeado, llegamos a su habitación. El alcohol le había excitado sobremanera, algo que aproveché. Como dice el dicho, a nadie le amarga un buen dulce, ¿verdad? Tras arrumacos y morreos varios, le dije que teníamos que bebernos una última copa para animar, ya sabéis, «el juego”. En el estado en el que estaba, el pobre habría aceptado hasta tirarse por la misma terraza de la suite si así se lo hubiese pedido. Así que sí, preparé las “últimas” antes de comenzar a follar.
Tuve suerte y él me susurró al oído que necesitaba ir al baño, momento que aproveché para llenar su bebida con un potente somnífero. Lo que sucedió cuando salió del baño nunca lo habriais imaginado.

– “¿Buscas esto? Combinaría a la perfección con tu vestido negro”-pronunció una voz, muy distinta a la que había conversado conmigo toda la noche.
Nunca habría pensado que se trataba de una mujer, pero tampoco que los “comprometedores” documentos de mi cliente se esconderían en lo que parecía ser un discreto USB con forma de barra de labios. Miré hacia la puerta, buscando una salida. Mi misión había fracasado y no saldría viva de allí, a no ser que pensase algo rápido.
Se puso frente a mí, poniendo delante de mis ojos ese misterioso USB y me dijo: “Vamos a divertirnos un rato con este pequeñín”.

 

 

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Fotografía superior de Jiri Ruzek

 

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